El jueves cumplí 51 años.
Desde el lunes pasado estoy de vacaciones. Muy merecidas. No he querido volver a casa. He dedicado estos días a dormir -lo necesitaba- y a caminar por la ciudad -lo deseaba-.
Zaragoza es un lugar donde todavía se puede ir a muchos sitios andando. Pasear por sus calles sigue siendo una delicia, sobre todo cuando el tiempo acompaña. Ya me han advertido del cierzo invernal que rompe la espalda, sobre todo en la confluencia de Gran Vía con Sagasta, o en el puente de Piedra.
He estado mirando pisos, casi convencida en quedarme a vivir aquí... en romper definitivamente con mi pasado y empezar de cero.
Pero el jueves cumplí 51 años. No son pocos. Empezar de nuevo a esta edad no es sencillo.
Me llamó por teléfono. Sí. Él, mi obsesión, me llamó para felicitarme. Este año sí se acordó. Oí su voz, exactamente igual que cuando era un jovencito de veinte años: una voz llena de vitalidad, de alegría, de frescura.
A lo tonto, estuvimos hablando más de media hora. Como si nada hubiera pasado. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Frescura, alegría, vitalidad.
Mientras conversábamos, mi cabeza daba vueltas recordando los buenos años de amor, de sexo, de pasión. Y, a la vez, yo misma me iba imponiendo barreras y frenos.
Mientras él me contaba que había por fin aprendido a planchar y que era muy feliz con ¿Almudena, Arantxa, Alicia?, pero que ni tenían hijos ni los buscaban, en mi mente bullía aquella idea de principios de abril (cuando su 38º cumpleaños) que pensé en tirar mi móvil y hacer limpieza de agenda. De esa manera ya no podría localizarme porque yo me venía a Zaragoza y ponía tierra de por medio.
No lo hice porque me dio miedo quedarme incomunicada... esa era la sensación que tuve entonces.
Afortunadamente, mantuve mi número de móvil. Por eso me ha localizado ahora y por eso he podido volver a escuchar su voz.
Sin embargo, en esos treinta minutos de agradabilísima conversación (de amor y pasión contenidas... a pesar de la edad), en ningún momento le dije que estaba en Zaragoza, ni mucho menos que había decidido quedarme a vivir aquí.
Le dije que este verano había trabajado mucho, que me encontraba fenomenal y que a mis 51 años recién estrenados sólo me dolían los pies. ¿Qué le importan a él mis dolores de muñecas, de cuello, de rodillas, de espalda...? ¿Qué le importan a él mis 51 años recién estrenados, con mi presbicia y mi hipertensión?
Cualquier día me paso por tu casa y charlamos, me dijo. Y yo le respondí que cuando quisiera, que ya sabía donde vivo, sin confesarle que estaba a más de trescientos kilómetros. Sonreía para mí misma imaginándomelo llamando a mi puerta, cerrada desde abril; preocupándose por dónde se ha metido Isabel, ella, que no sabe ir a ningún lado sola... Que nunca supo vivir sin mí...
Esta noche de sábado no he salido. Me he descubierto, de repente, haciendo las maletas para volver a casa. Para tener, tal vez, la oportunidad de volver a verle.
El jueves cumplí 51 años y sigo siendo igual de idiota.
Y me descubro a las dos de la madrugada, delante del ordenador, llorando como una estúpida adolescente, con todo mi equipaje -todo, todo- en la puerta de este piso, esperando que llegue la hora del primer Ave que me devuelva a unas centenas de metros de su existencia, de su presencia, de su aroma, de su aliento, de su mirada...



Mercedes dijo
Cuando estamos enamoradas, todas las mujeres somos idiotas. Te confieso que siento temor de llegar a enamorarme de alguien mas joven que yo, tango amigas que han quedado prendadas, disfrutan, pero depués también sufren. En realidad no sé cual es mi miedo.
Animo, un abrazo.
28 Septiembre 2008 | 03:16 AM