Nuevas aceras.
Mi jefe ha venido a verme. Hemos estado cenando en el Goyesco, él, su señora, un par de compañeros de trabajo y yo. Nos ha felicitado muy efusivamente por la labor desempeñada durante estos meses de Expo. Por eso hemos brindado en los postres.
Mi jefe es algo más joven que yo; aunque todavía no ha llegado a la cincuentena, poco le faltará. Su mujer rondará los cuarenta, y es tan guapa como discreta y cariñosa. Mi jefe no es mi tipo.
En el café, mientras los demás comentaban el recorrido turístico al que hemos sometido a los visitantes (El Pilar -con subida a la torre incluida-, La Aljafería, La Seo, y un maravilloso aperitivo en el Flandes y Fabiola del Parque Grande), mi jefe me ha preguntado si me he pensado bien esto de quedarme a vivir y a trabajar en Zaragoza. Me ha recordado que es un paso atrás en mi carrera, que yo en Madrid estoy muy bien considerada y que tengo posibilidades de promoción. Si me quedo aquí, ese puesto lo tendrá que ocupar otra persona, y yo ya no podré aspirar a él aunque me arrepienta de mi decisión.
Le he pedido siete días para pensármelo, aunque cuando nos hemos despedido y su taxi lo ha llevado al Boston y el mío a Gómez Laguna, lo he visto todo clarísimo.
Quiero romper con mi pasado. El jueves cumpliré 51 años y me siento con ganas y con fuerzas y, sobre todo, con necesidad de cambiar. Sé que mi caja de cartón con sus fotos me acompañará toda la vida; sé que las miraré con relativa frecuencia; sé que lloraré al hacerlo. Pero también sé que necesito caminar por nuevas aceras.
Sé que mi jefe me ha dado a entender que soy demasiado vieja mayor para la labor que quiero desempeñar, peor remunerada y con menores expectativas de futuro.
Es una gran persona, mi jefe. Cuando me ha mirado a los ojos ha sabido lo que yo quería. Y, simplemente, me ha dicho: "Tú mandas... Siete días". Al bajarme del taxi, no tenía ninguna duda.
Sé que mi obsesión nunca me abandonará... La tengo resguardada en una vieja caja de zapatos. Tendré que vivir con ello, donde sea.

