Una caja de cartón.
Cuando por fin se termina una labor intensa, que te ha ocupado casi las veinticuatro horas del día -de todos los días de la semana- durante cinco meses, y ha terminado con éxito, con el expreso reconocimiento de tus superiores y con la enorme satisfacción del deber cumplido; cuando por fin tus jóvenes compañeros de trabajo que han estado a tu cargo se han marchado, han vuelto a sus lugares de origen, y te han dejado sola; cuando por fin eres capaz de quitarte los zapatos, tumbarte en el sofá de tu piso alquilado, y no quedarte dormida... Entonces sólo quedan ganas de llorar.
Porque en ese mismo instante se derrumba sobre ti toda la inmensa mentira que has vivido estos cinco meses. Y te preguntas qué pensabas, qué esperabas, qué pretendías, ilusa. ¿Por qué te trajiste aquella caja de zapatos llena de sus fotos? ¿Por qué ni siquiera la has abierto en todas estas semanas? ¿Por qué ahora tienes intención de ir un día al Ikea a comprar una caja más decente -las tienen preciosas- para guardar tanto deseo, tanta frustración y tanta obsesión?
¿Por qué has decidido solicitar que te dejen en esta ciudad que apenas conoces?
¿A quién pretendes engañar?
Evidentemente, sólo puedes engañarte a ti misma.
Se supone que a finales de mes deberé volver a casa. Tendré que abandonar este piso en Gómez Laguna en el que, a pesar de no haber estado mucho tiempo en él, me he sentido tan a gusto. Me iré con una mezcla de frustración y de tristeza.
No pretendía conocer a nadie importante aquí. Importante para mí, quiero decir. De hecho, he eludido muchas salidas nocturnas, que si al Hispano o al Café del Mar, en la ribera del Ebro. He preferido andar en pandilla de colegas por los sitios típicos de la plaza Santa Marta, o San Pedro Nolasco, que si la Nicolasa, el Pascualillo, La Republicana, en la calle Méndez Núñez...
Y al volver a casa, demasiado temprano con la excusa de que tenía que madrugar mucho y voy a cumplir 51 años, me sentaba en la cama y sacaba del fondo del armario esa caja de zapatos que no sé por qué decidí traérmela. Alguna noche la abrí y volví a contemplar sus ojos, su sonrisa... Volví a sentir sus abrazos y sus besos...
Cuántas veces, durante estas últimas semanas, he pensado en la posibilidad de encontrarme con él de manera casual. Podría haber sido posible. Él no sabe que yo estoy aquí y dicen que casi seis millones de personas han visitado la Expo. Naturalmente, no ha ocurrido. Aunque hubiera venido, habría sido mucha casualidad que nos hubiéramos encontrado.
Mañana tengo la tarde libre. Posiblemente vaya al Ikea a comprar una caja de cartón de esas tan chulas que tienen, con cantoneras metálicas, y a tan buen precio. Es una pena que toda mi vida esté guardada en una vieja caja de zapatos.

