Sábado noche. He estado cenando de pinchos con mis jóvenes compañeros de trabajo, tres chicos y una chica. Yo podría ser la madre de todos ellos. De todos juntos no... Quiero decir que tengo la edad que tiene cada una de sus madres. Y creo que como tal me tratan. Alguno hasta me pide perdón cuando suelta un taco. ¿De qué caverna de Atapuerca pensarán que he salido? De la misma que sus madres.

Me cuidan y me miman, me ceden el mejor asiento, el mejor bocado... pero creo que respiran aliviados cuando me ven tomar un taxi porque ya no aguanto más. Prefiero volver a casa. Sí. Ésta la considero ya mi casa. Al alejarme de él físicamente es como si me alejara de su presencia mental. Y eso me alivia. Porque la obsesión es una enfermedad, y cualquier cosa que la alivie es beneficiosa para la salud.

Parece mentira lo que pueden hacer en una casa extraña cuatro tonterías del Ikea. El miércoles tuve el día libre y me fui al Ikea a personalizar mi casa de alquiler. Ya ven, qué manera de personalizar.

Mi casa alquilada estaba muy bien en todo (la paga la empresa, ellos sabrán lo que les cuesta, teniendo en cuenta que está muy bien emplazada), pero no tenía ni el más mínimo detalle. Lo cual, en el fondo, es de agradecer, porque esos pequeños detalles los puedes personalizar -en la medida de lo posible- paseándote una mañana por el Ikea de turno.

Cuando estoy con mis jóvenes compañeros de trabajo hay veces que sus conversaciones me pierden. Hablan de ipodes, ifones, de cosas que ni entiendo ni falta que me hace. Bastante tengo con encontrar las gafas de leer cada vez que me suena el móvil.

Me han dicho que ya no tengo aguante. Me ha jodido ese YA. ¿Qué sabrán ellos de mi aguante? "Estoy vieja y cansada, chicos", les he dicho. Y he tomado un taxi. Al llegar a casa, me pongo un gintónic y escribo en el blog resucitado.

¿Aguante? ¿Capacidad de aguantar más tiempo? Pues sí. No tengo YA aguante. Sobre todo porque ellos y sus conversaciones me aburren soberanamente. La cabeza me daba vueltas después de este vino Enate del Somontano que es una delicia, y sobre todo después del orujito blanco que me han servido gentileza de la casa. Y mientras ellos se tomaban un poleo menta a mí me ha dado tiempo de tomarme otro orujo y un par de gintónics. Y eso que hace tiempo decidí abandonar el pacharán porque me mareaba muchísimo.

"A ver si te vas a poner piripi", me decían con cariño filial.

Reconozco que he bebido mucho. Me refiero a lo largo de mi vida. Y que todavía bebo bastante. Nunca, hasta ahora, me ha supuesto ningún problema, salvo la lengua de estropajo al levantarme. Y, supongo, un aliento fétido que, en mi soledad, nadie ha podido padecer.

He tomado un taxi y he vuelto a mi casa. He dejado a mis jóvenes compañeros de trabajo perdiéndose por las calles de Zaragoza, algo desangeladas, sábado noche de agosto, fuera de la Expo. Me los imagino discutiendo de ipodes e ifones, tomando chupitos de manzana sin alcohol y, tal vez, riéndose de la triste vieja loca y borracha.

No me importa. Estoy a gusto en casa, con (YA) mi segundo gintónic doméstico, bien servido, escribiendo en el blog resucitado.

Sí. Me acuerdo de él. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo... Cada suspiro, cada parpadeo...