Compartir muchas horas de trabajo y ocio con gente bastante más joven que yo tiene algún que otro inconveniente. Uno de ellos es que, de repente, me encuentro contando batallitas, viejas historias que yo creo interesantes o curiosas, que sucedieron hace mil años pero que para mí parece que ocurrieron ayer mismo.

Me enfado cuando me oigo decir en mis tiempos...

Curiosamente, nadie me corrige. ¿Acaso no son éstos también mis tiempos? A veces da la sensación de que ya no tiene una nada que aportar, y sólo espera que los demás, los jóvenes, vayan empezando a hacer cosas. Lo que ocurre es que cuando empiezan a hacer cosas sensatas, es decir, prudentes, de buen juicio, es porque están empezando a dejar de ser jóvenes.

Se ríen de mí y de mis limitaciones con las nuevas tecnologías. Yo me defiendo alegando que me manejo bastante bien con internet y que lo demás, sencillamente, no me interesa: ni ipods ni artilugios que no me hacen falta. Con la telefonía móvil se me cachondean también porque me ven torpe en su manejo. Aquí tengo una justificación, y es que mi presbicia me obliga a buscar las gafas para poder distinguir quién me llama, y cuando por fin intento contestar, ya es demasiado tarde. Por culpa también de la vista cansada, enviar un sms me resulta complicadísimo, aparte de mi obsesión por la corrección ortográfica. Por descontado, mi agenda es de papel: un bellísimo cuadernillo con tapas de piel que renuevo cada año.

En mis tiempos, cuando llamabas a alguien lo hacías desde casa, o desde el trabajo, o desde una cabina callejera. Si te contestaban la llamada era porque la persona a la que llamabas estaba exactamente en ese lugar al que llamabas.

Recuerdo a la perfección el primer teléfono que instalaron en mi casa. Yo era una cría, y me encantaba hacer como que llamaba, meter mi dedo en aquella rueda que giraba y volvía ella sola a su primitiva posición. "Deja eso, niña, que lo vas a romper". En mis tiempos las cosas se rompían... Ahora nos cambiamos de teléfono móvil simplemente porque han sacado otro modelo más... más... ¿Pijo?

Y tiramos los viejos sin que hayan llegado siquiera a estornudar. Pijos.

Mis compañeros más jóvenes me escuchan, unas veces con interés y otras sin él, mientras sostienen en sus manos los móviles, consultando permanentemente si tienen algún mensaje nuevo e, incluso, enviándose mensajes entre ellos, que están a menos de un metro unos de otros.

Y eso me pone muy nerviosa.