Miraba de reojo el reloj.
Lamento haber tardado tanto en escribir. En el fondo, eso es buena señal. Si ésta es la crónica de una obsesión, y no hay crónica, quizás sea porque la obsesión va desapareciendo.
Alguien dijo que la obsesión de amor es una enfermedad como el alcoholismo, que se puede llegar a controlar, pero que nunca se cura.
No lo sé. El caso es que durante estas semanas no he tenido necesidad de escribir. No al menos la necesidad que me animó a abrir este espacio. Sobre todo después de nuestro último encuentro. Porque finalmente nos vimos.
Aquel sábado no me llamó y yo me sentí inferior a una mosca en su cocina. Y decidí romper todo lo que me uniera a él. Incluso esta obsesión.
Pero aún vendría algo peor.
Me llamó a los tres días, cuando yo llevaba ya tres noches sin dormir, empeñada en recuperar todos mis rencores.
Lo mejor es que me llamó con esa inocencia que siempre le ha caracterizado. Incluso con la sinceridad que me enamoró. "Mátame, si quieres -me dijo-, pero la verdad es que se pasó por completo llamarte."
Cuando nos vimos me preguntó si sería capaz de perdonarle. Al despedirnos me lo volvió a preguntar y yo le respondí que me sentía tremendamente dolida, pero que cómo no iba a perdonarle.
Le dije eso como podía haberle dicho lo contrario. Porque la verdad es que cuando lo vi todas mis obsesiones se desmoronaron. Habían pasado seis meses desde la última vez que lo vi y me parecieron seis años. Comprobé que no tenía nada que contarle y que de lo que me contaba no me interesaba nada.
Le miraba a los ojos, aquellos hermosos ojos llenos de brillo, hoy rodeados de arrugas prematuras. Mi vista resbalaba por su frente, ya demasiado amplia, entrando de lleno en una calvicie que se declarará irreversible antes de que cumpla los cuarenta. Intenté refugiarme en la contemplación de sus labios, de sus manos.
Me descubrí mirando el reloj de reojo, aunque no forcé la despedida. Cuando lo hicimos con un par de besos en las mejillas, me dijo que me llamaría pronto para seguir hablando. Yo le dije que estaría encantada, pero que debería hacerlo él, porque yo no pensaba llamarle. Me guiñó un ojo: te llamaré, te lo prometo. Eso fue el diez de enero.
Yo, por ahora, no miro el reloj.





argentino agustin gomez dijo
Isabel GALA, mi dulcinea del Toboso !
22 Febrero 2007 | 11:57 PM