Menos que una mosca en su cocina.
Por fin logré hablar con él. Ese fue mi tercer error. Le llamé por teléfono y, sin querer, justifiqué mi sms de Nochebuena. Él se disculpó por no haberme llamado antes, me contó alguna historia que no logré entender. O atender.
Era un diálogo en el que los dos nos pedíamos mutuamente perdón. Él por su ausencia, yo por mi insistencia. Siempre he pensado que si lo que me importa es él, lo demás no tiene ningún valor. Y puedo asumir fallos que no he cometido.
Lo que ocurre es que él se va devaluando casi cada día. Porque en esa llamada hubo una frase suya que me dolió profundamente. Quizás esté demasiado susceptible, pero aquella noche lloré como una idiota y me preguntaba si ya merecía la pena volver a verle.
Después de disculparse varias veces y decirme que tenía muchas ganas de verme, me dijo -sin pretender hacerme daño, con toda seguridad-: "Si quieres nos vemos el sábado por la mañana, que no tengo nada que hacer".
Naturalmente. Yo tenía tantas ganas de verle, que lo único que esperaba es que no le surgiera nada más importante. Y entonces me di cuenta de la humillación, y me puse a llorar con la esperanza de que ninguna mosca se colara en su cocina porque, sin duda, intentando acabar con ella ya tendría algo más importante en que ocupar la mañana.
Me estuve preparando el encuentro: manifestarle mi decepción, pero sin forzar una ruptura porque sé que a él eso ya le da igual. Ha sido capaz de estar seis meses sin saber nada de mí y sólo porque finalmente yo le he llamado ha recordado mi existencia. Soy yo quien no quiere perderle de vista.
Por supuesto, aquel sábado tampoco me llamó. Y yo decidí romper para siempre todo lo que me uniera a él. Incluso esta obsesión.




MusicaLigera dijo
...
me faltan palabras ...
25 Enero 2007 | 10:24 PM