Los embusteros.
Eran muchas las tardes que nos quedábamos conversando hasta bien entrada la noche. Él me contaba sus aventuras amorosas, incluso con detalles que no deberían importarme. Quizás lo hacía para demostrar que había aprendido bien mis lecciones.
Yo, lejos de sentirme celosa, íntimamente me vanagloriaba de saberme hasta cierto punto responsable de sus éxitos y, por tanto, merecedora de su cariño y respeto.
Sin embargo, siempre le reprochaba su infidelidad. No hacia mí, sino hacia su novia.
Ahora me parece todo demasiado ridículo. Porque yo estaba convencida de que cuando él hacía el amor conmigo no estaba siendo infiel.
Yo me consideraba en otra esfera diferente. Yo no era causa de traición. Él nos era infiel, a su novia y a mí, con cada jovencita que se cruzaba en su sonrisa.
Siempre me llamó la atención lo bien que llevaba esa doble o triple vida. Su novia sabía que le era infiel... me lo confesó en alguna ocasión, lejos de sospechar que yo formaba parte de esa infidelidad. La joven lo amaba probablemente más que yo, aunque quizás lo deseaba menos.
A las dos se nos caía la baba hablando de él, yo le justificaba diciéndole que con toda seguridad no había ninguna aventura, sino tan sólo coqueteos propios de un seductor.
La tranquilizaba diciéndole que él era el típico hombre que le gusta seducir, pero que prefiere el amor seguro. No andaba del todo desencaminada, y ella se lo creyó el día que se casó con él.
Dice Nietzsche que con todos los grandes embusteros se produce un hecho digno de notar al que deben su poder. En el acto concreto del engaño se ven poseídos por una fe en sí mismos: es esto lo que llama la atención de una forma tan milagrosa y tan poderosa a la gente que les rodea.
Quizás fue eso lo que siempre le protegió.


celia dijo
son unos mentirosos porque son maestros
23 Junio 2009 | 05:48 PM