Lo que pudo ser.
A veces me pregunto qué habría sido de mi vida si hubiera sabido prescindir de la fidelidad. Durante unos pocos años podía haber compartido mi vida sexual con él y con el que era mi novio.
A él no le habría importado; probablemente, incluso le habría liberado de algún tipo de atadura sentimental. Mi novio no tenía por qué haberse enterado.
Al cabo del tiempo yo podría estar llevando una vida amorosa y familiar completamente normal.
Mi pasión por él habría quedado sólo en el agradable recuerdo de su sonrisa y de su cuerpo. El recuerdo de la aventura y de la complicidad; del riesgo y del placer.
Mi novio se habría convertido en mi marido y, tal vez, en el padre de mis hijos. Y yo, ahora, en lugar de estar narrando la crónica de una obsesión, estaría planchando camisas.
Supongo que sería lamentable que mientras pasara la plancha o hiciera coladas, o preparase la comida del día siguiente, mi pensamiento estuviera inmerso en los abrazos, las caricias y los besos finalmente abandonados para siempre.
No puedo imaginar el desasosiego que podría sentir cuando, al acabar las faenas domésticas, me sentara al lado de mi marido y lo abrazara leve y fríamente añorando otros abrazos más cálidos y apasionados.
Sin embargo, en contra de esa conformada frustración, ahora no tengo ni siquiera el abrazo acogedor. Sólo tengo la soledad de un sofá y esta crónica de mi obsesión.
Doy por perdido su cuerpo, su sonrisa cómplice y su mirada.


Mar dijo
¿Me suena de algo esta historia? Podría desgranártela paso a paso y creo no te equivocarias en nada. Desmenúzala como quieras.
Solo un apunte. Yo dudaría en cual de los dos casos está la felicidad, que nó la fidelidad.
Un beso
28 Octubre 2006 | 08:49 PM