Algunos días resultan más peligrosos para esto de las obsesiones. En mi caso son los viernes.

No puedo evitar acordarme de aquellos viernes de hace ya bastantes años en los que él me llamaba para asegurarse de que había vuelto a casa después de mis cinco días trabajando fuera. Tanto miedo le tuvo siempre a las carreteras.

Tengo guardada en mi retina -y me la refrescan algunas fotos de la época- su belleza casi adolescente. Su mirada tan limpia en unos ojos profundos; su sonrisa retenida, cautiva en unos labios tan jugosos.

Le contaba mis cosas y él me contaba las suyas. Nos íbamos descubriendo. Al principio era sólo amistad, después me fue tomando la mano, más tarde me acarició la mejilla, su mirada fue siendo más profunda, su sonrisa más seria... Su primer beso fue muy cerca de la oreja; el segundo, muy dentro de la boca.

Recuerdo como si de ayer mismo se tratara, la tarde en que se quitó la camisa y descubrí un torso fuerte pero suave, que no pudo evitar el recorrido de mi lengua.

Recuerdo sus manos enredadas en mis cabellos. Imagino mi boca y mis ojos llenos de ansiedad. De aquella ansiedad que es casi lo único que me queda.
Quizás él me viera como una conquista. Un buen trofeo para un jovencito eso de liarse con una mujer trece años mayor que él.

Nada de eso me importaba cuando empecé a recorrer su cuerpo. Y, a pesar de todo lo que ha ocurrido después, creo que él también me amaba.