Obsesión y orgullo.
Es cierto que en ocasiones la obsesión puede hacer que una actúe como una preadolescente. Lo de telefonearle de manera anónima fue una chiquillada. No contestó. Si lo hubiera hecho, mi intención era dejar que él dijera dos o tres veces "Dígame", y yo habría colgado el auricular.
Me habría conformado con escuchar su voz, con saber que él está bien. Un acto absurdo que muestra una actitud enfermiza por mi parte. Escuchar su voz es recordar sus ojos y sus labios.
Alguien me podría preguntar que por qué no lo llamo yo, si realmente me intereso por él. Podría mantener una conversación normal, dejar que me contara cosas, contarle yo otras, terminar con un "a ver si nos vemos, que parece mentira", y ahuyentar mi obsesión. Emprender finalmente el camino de la normalidad: el de dos viejos amigos que se han distanciado, que se llaman poco y se ven menos.
Podría -tal vez incluso debería- decirle lo decepcionada que estoy con su silencio, con su olvido o con su lo que sea. En una relación de amor o de amistad, los enfados pueden perdonarse y olvidarse, pero la decepción la deja herida de muerte.
Sin embargo, no voy a hacerlo. Voy a esperar sentada, sin mover un dedo para ponerme en contacto con él, a pesar de mis noches de insomnio.
La obsesión y el orgullo van siempre de la mano.

