Una estúpida venda en los ojos.
La historia que vengo narrando se sitúa en la época en que él tenía entre 25 y 30 años y yo, por tanto, entre 38 y 43. Fueron los años dorados, los más hermosos de nuestra relación y, desde luego, de mi vida.
Sin embargo, hay momentos que recuerdo con cierta amargura. Uno de ellos muestra hasta qué punto puede una estar ciega ante lo que tiene delante. Yo estaba muy orgullosa de ser su confidente, de haber logrado introducirme en lo más íntimo de su vida y haber conseguido que me contara absolutamente todo, incluso asuntos muy privados relacionados con su novia, y no digamos con sus amantes esporádicas.
En mi ceguera, yo creía que el diminuto piso donde él tenía su estudio era un santuario que, en cuestiones de amor, sólo lo ocupaba yo. Tan convencida estaba de ello que jamás le pregunté sobre el tema.
Pero una noche, dando vueltas en mi cama -empezaba ya a ser presa de la obsesión-, se me desveló algo que a cualquier persona no enamorada nunca le habría pasado desapercibido. Si él vivía todavía en la casa de sus padres y me contaba aventuras amorosas de aquí te pillo aquí te mato, ¿dónde, imbécil de mí, pensaba yo que remataban la faena? ¿En un hotel? ¿En un Simca-1000?
Me sentí estúpida al darme cuenta de que él nunca me había engañado, sino que había sido yo misma la que me había puesto una venda en los ojos.
Aquella colchoneta tirada en el suelo que yo creía sólo mía, estaba impregnada de otros olores, de otros sabores, de otros quejidos de placer, de otros flujos de miradas ardientes, de otros besos y caricias.
Me sentí estúpida, ahora sí. No porque unas muchachas estuvieran compartiendo el espacio y respirando el aire que yo creía mío. Me sentí estúpida por haber pensado que aquel espacio y aquel aire eran sólo míos.

