La confidente.
Por supuesto, nunca posé desnuda para él. La idea se le olvidó pronto, de lo cual me alegré.
Fueron aquellos años los mejores de nuestra relación. Me telefoneaba casi a diario y nos veíamos al menos una vez por semana. Me gustaba conversar con él. Contaba cosas siempre interesantes, y lo hacía con un entusiasmo que contagiaba.
Me lo imaginaba al otro lado del hilo telefónico, recostado en un sillón, desnudo, mirando al techo, dibujando en el aire sus propias palabras.
A veces yo llegaba a grabar esas conversaciones telefónicas con el fin de volver a oír su voz cuando yo quisiera. Y solía hacerlo cuando me desvelaba en las madrugadas de asfixiante soledad.
Sin embargo, ahora recuerdo todo eso como el principio del declive de nuestra relación. Había llegado el momento en que yo ya sabía todo de él, absolutamente todo. Cuando nos veíamos, me contaba hasta sus infidelidades, y lo hacía con todo lujo de detalles. Le preguntaba si creía conveniente que yo supiera todas esas cosas, y él me respondía que era yo, precisamente, la persona en la que más confiaba, cuyos consejos y apoyo más necesitaba.
Lejos de sentirme estúpida por asesorarle en sus encuentros con otras mujeres, me llenaba de orgullo saber que yo era su confidente y su cómplice. Aunque la verdad es que intentaba ocultar los celos que me devoraban. Yo quería conocerle hasta en los mínimos detalles, acceder a sus pensamientos más íntimos, meterme hasta en lo más profundo de su ser.
Por eso, desde el primer momento le había dicho que de él sólo quería su amistad y su sexo, nada más. Y el muy inocente se lo creyó.
Cuando por fin llegué a conocerlo mejor que él mismo, ya no era el momento de decirle que le amaba.


high heel hell dijo
Y el muy inocente se lo creyó es una frase preciosa.
Lástima que tenga tanta carga emocional.
14 Octubre 2006 | 12:13 AM