Una imagen en la memoria.
El hecho de que haya decidido no ponerme en contacto con él no quiere decir que desee olvidarle. Me gusta recordar los buenos momentos vividos a su lado. Hay imágenes grabadas en mi memoria que no me gustaría que se borraran nunca.
La más deliciosa se produjo tras uno de aquellos encuentros en su pequeño piso de pintor. Él se puso a jugar con un perrito que le hacía compañía entre aquellos olores, algo que no podía ser bueno para el animalillo. Yo me quedé dormida sobre la colchoneta, con el íntimo deseo de amanecer en el mismo lugar.
Cuando desperté, lo vi a él sentado en un sillón, desnudo, dormido con el cachorro entre los brazos. La imagen me produjo tal ternura que supe que siempre iba a estar enamorada de aquella criatura. De la criatura humana, quiero decir. Nunca me gustaron los perros, ni aun los más pequeños, dulces y cariñosos.
Me quedé contemplando la estampa hasta que finalmente él también despertó.
Fue entonces, al observarme desnuda, cuando me propuso posar así para él. No me sorprendió. De hecho venía temiendo que algún día lo hiciera. Por entonces ya lo iba conociendo muy bien.
Mi respuesta estuvo condicionada a que él también pintara desnudo. Los dos desnudos, mirándonos, observándonos, analizando cada centímetro de nuestra piel, guardándolo en nuestra memoria para siempre.
Sonreí al sentirme Marietta, la odalisca romana de Corot.

