Cada viernes, a las siete.
Sé que puedo aburrir con mis lamentos y con mis obsesiones. Todas las horas de todos los días las lleno con estos pensamientos que no son ni aire. Me da la sensación de que mi vida se está quedando absolutamente hueca.
No hace tanto tiempo (¿es mucho trece años?), cuando yo trabajaba lejos de mi ciudad y volvía a casa los fines de semana, me encontraba con su llamada, siempre puntual, a las siete de la tarde. Quedábamos para tomar una cerveza o un café, charlábamos durante poco más de una hora y después él se iba con su novia y yo con mi novio, que cada vez me asfixiaba más y, sin embargo, me dejaba vacía. En mi fuero interno sabía perfectamente de quién me gustaría llenar mi vida.
Durante esa hora de los viernes nos poníamos al tanto de todo lo que habíamos hecho durante la semana. A veces llegaba un momento en el que él se ponía a criticar a su novia, su mal genio, su carácter posesivo... Y yo hacía lo propio con mi novio, su pedantería, su agobio... insinuando que quería dejarle...
Ahora me doy cuenta de que él nunca me animó a ello.
A veces me tomaba la mano y yo agachaba la cabeza, sintiéndome inmensamente feliz.
Recuerdo como si fuera hoy mismo aquel viernes que, después de llamar él a su novia y yo a mi novio, nos fuimos juntos a mi casa para cenar una pizza, ver una película y amarnos por primera vez. Él tenía 23, yo 36.

