Dignidad y orgullo.
Está muy bien eso de la dignidad y abandonar los sitios con la cabeza alta y el paso firme si no fuera porque al cerrar la puerta de casa, quitarte los taconazos y tirarte en el sofá, los ojos se te llenan de lágrimas y tus labios siguen pronunciando las mismas palabras: hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta...
Reconozco que nunca he sabido apreciar la diferencia entre orgullo y dignidad.
Pensé que después de la inauguración de la exposición, y animado por las buenas críticas de la prensa -tan bondadosa y comprensiva siempre con los artistas locales- tendría tiempo de llamarme, conversar un rato por teléfono, tal vez quedar a tomar una copa... no digamos a cenar.
Quizás, pensé, le habría gustado saber mi parecer sobre la presentación de julio, con unos cuadros todos nuevos, de su última época, de los que yo ya no he visto ni los bocetos.
Le habría dicho que me pareció todo maravilloso, y que sus cuadros son divinos. Y no estaría mintiendo del todo.
Pero no me llamó. Mi dignidad y mi orgullo entraron en contradicción a principios de septiembre.
Descolgué el teléfono, me tragué el orgullo y mantuve mi dignidad gracias al mejor de mis ánimos. Él se disculpó por no haberme llamado en los dos meses, se justificó diciendo que tenía muchísimo trabajo, que no podía desaprovechar la oportunidad que se abría ante él...
Yo me mostré tan comprensiva, tan ajena al enfado, tan distante del reproche que, probablemente, le descoloqué. Era el lunes 4 de septiembre. Me prometió que el viernes me llamaría para quedar a tomar un café y me daría un pequeño obsequio: la fotografía que nos hicimos el día de la presentación.
La fotografía con la que he estado soñando todo el verano.
Naturalmente, no me llamó.
En mi ingenuidad pensé que tal vez para mi cumpleaños me entregaría en persona esa fotografía.
Mi cumpleaños fue el lunes y yo sigo esperando. Lo único que no debe hacerse con 49 años.


Señora Nostalgia dijo
Querida, me dolió el corazón leerte, sin embargo, siento decirte que probablemente no te va a llamar. Posiblemente, no es tan HP como tú lo calificas. Como tú misma dices, "para él, sólo eres una buena amiga", cruel sería si se aprovechara de tus sentimientos (que estoy segura que los conoce de sobra, porque el amor como la pobreza es lo más difícil de ocultar). A lo mejor no quiere crearte expectativas. Olvídate de ese hombre e invierte tus energías en alguien que de verdad te sepa apreciar. Eres joven y bonita. Animo. Madeleine
29 Septiembre 2006 | 10:28 PM